Se acercaba el final de nuestro recorrido por Sri Lanka y nos faltaba visitar uno de sus lugares más emblemáticos: la roca de Sigiriya, un promontorio volcánico que emerge de en medio de la selva y que se encuentra en el centro del Triángulo Cultural.
Nuestro hotel se encontraba a escasa distancia, circulando por un paisaje bastante llano. En el camino bordeamos el lago Minneriya, cuyo entorno está declarado parque nacional y donde también abundan los elefantes. En realidad es un embalse construido en el siglo III d.C.
la subida a la roca
Más cerca de la roca y, ya a un nivel topográfico algo más alto, están los Jardines Rocosos, donde hay bloques procedentes de desprendimientos rodeadas de senderos y, más alto aún, llegando hasta la misma pared de la roca, están las Terrazas Ajardinadas. Estos dos sectores de los jardines están comunicados entre sí por pasadizos entre las rocas o por tramos de escaleras tallados en la piedra viva por generaciones de los monjes budistas.
Desde este punto es donde se empieza la subida de largos tramos de escaleras bastante empinados que, en distintos niveles, conducen hasta la cima de la roca. Antes de partir, había leído sobre lo extenuante de esta visita por este motivo. Al final, me pareció bastante exagerado: con un mínimo de forma física es bastante llevadero y con las paradas para ver las vistas según se asciende es suficiente para recuperar el aliento.
Dicho esto, el primer gran tramo de escaleras nos llevó al inicio de otras metálicas adosadas a la pared de la roca y que, en un último tramo de caracol desembocan en una plataforma metálica similar a la de los andamios, protegida del sol con unas lonas, desde donde se contemplan los Frescos de las Doncellas, para muchos la principal atracción del complejo arqueológico. En todo este itinerario, aunque muy bien asegurado por barandillas, es mejor no mirar para abajo.
Del origen de los frescos, que están muy bien conservados para el lugar donde se encuentran, no se sabe mucho. Se les estima unos 1.500 años de antiguedad y tampoco se sabe si representan escenas de la corte o religiosas. Lo que tampoco deja de ser para mí un misterio es cómo se las apañaron para llegar hasta ahí para pintarlos y poderlos observar. Supongo que enormes construcciones de madera de las que no queda ni rastro debieron de recubrir las paredes de la roca.
Para continuar la visita, es necesario deshacer todo lo subido y situarnos en otra de las caras de la roca, en la que un nuevo tramo de escaleras lleva a una explanada donde se encuentra otra de los lugares más fotografiados de la roca: las Garras del León, que es lo único que queda de lo que debió ser la entrada a las escaleras que conducian a los edificios de la cima y que data del siglo V d.C.
Desde esta explanada se tiene una muy buena vista de los Jardines Reales por los que iniciamos la visita que en temporada seca no tienen el verdor que se ve en los folletos turísticos.
Pasando entre las Garras del León se accede a otros tramos de estrechas escaleras metálicas adosados a la pared vertical de la roca que, en una ascensión en zig-zag llevan a la cima. De nuevo, mirar hacia abajo no es nada recomendable para los que sufran de vértigo.
Llama la atención ver los pequeños peldaños tallados en la roca que van paralelos a la escalinata y que eran el acceso de los antiguos pobladores a las edificaciones de lo alto. Andar por ahí sí que debería ser de infarto.értigo.
La cima de la roca es una explanada donde no se conservan más que los cimientos de las antiguas edificaciones y estanques o piscinas, algunas de gran tamaño. Lo mejor, quizás, son las extensas vistas que se abarcan de los bosques y montañas la rodean.
Desde Sigiriya a Colombo
Después de descender de la roca y reunirnos con nuestro chófer, íbamos a empezar el regreso a las cercanías de Colombo, donde pasaríamos esa noche para coger un vuelo temprano a Male, capital de Maldivas.
Hicimos una primera parada en las cercanías de Dambulla, a ver su principal atracción turística: el Royal Rock Temple, que son un conjunto de cuevas que albergan en su interior templos budistas, del siglo I d.C, pero que han tenido numerosas restauraciones. Están declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La visita, que es de pago, incluye el acceso a las cinco cuevas, de las cuales, las más grandes e importantes son las tres primeras. En la primera de ellas, llamada Devaraja Viharaya, hay un Buda reclinado de 15 metros de longitud. La segunda cueva, llamada Maharaja Viharaja, el la más grande de todas y alberga gran cantidad de estatuas de Buda y de reyes cingaleses. La tercera cueva (Maha Alut Viharaja) también contiene un Buda reclinado.
Al igual que ocurre en la cueva de Dowa Raja Maha Viharaya, que visitamos en la Provincia de Uva, las restauraciones realizadas me parecieron bastante desafortunadas, especialmente con el colorido chillón de las manos de pintura dadas a las estatuas.
Al complejo histórico se añadió en tiempos recientes el llamado Golden Temple, con una enorme estatua dorada de Buda sentado. El edificio no tiene nada que ver arquitectónicamente con el complejo. Su gusto es más que dudoso, pero la verdad es que había en él una gran cantidad de visitantes. Nosotros también nos llevamos una foto para el recuerdo, con su monje budista y todo.
Aún nos quedó tiempo para desviarnos a Pinnawala, donde está el Orfanato de Elefantes, que es un refugio donde se acogen tanto crías huérfanas como adultos que necesitan cuidados.
Todos los turistas que habíamos echado en falta en nuestro viaje parecían haberse concentrado aquí. Previo pago adicional, uno puede fotografiarse con los elefantes o darle un biberón a una cría.
Todas las tardes, los elefantes son conducidos al cercano río Maha Oya, para tomar el baño. Lo hacen atravesando las calles comerciales de Pinnawala. Cuando aparece la manada, muchos de los comerciantes cierran sus persianas para evitar la escena que hay tras del dicho de entrar como elefante en una cacharrería.
Después de la divertida escena que interrumpió nuestras compras, nos fuimos detrás de la manada hasta el río. Desde mi punto de vista, resulta más atractivo ver a los elefantes en el baño que siendo exhibidos en el orfanato.
Nuestra recorrido turístico por Sri Lanka había llegado a su final. Nos despedimos de nuestro chófer, guía y compañero de viaje y esa noche dormimos muy cerca del aeropuerto de Colombo, porque al día siguiente temprano tomábamos el vuelo hacia Malé.
final de viaje en Maldivas
Tomamos un vuelo de poco más de una hora, para una estancia en Maldivas de tres días. En realidad no era la primera vez en este viaje que estábamos allí, pues en nuestro accidentado de ida habíamos hecho escala aquí entre Dubai y Sri Lanka.
En el año 2.011, Maldivas era un destino realmente caro, así que buscamos un atolón cercano a Malé para evitar tener que llegar a él en hidroavión. Nos alojamos en Emboodhoo o Embudu, en el Atolón Sur de Malé. Un islote pequeño pero bastante tranquilo, nosotros no íbamos buscando el tipo de resort para lunas de miel, música a toda marcha ni barra libre.
Cuando llegamos a Malé nos estaban esperando para montarnos en una lancha y en un trayecto de media hora estábamos en el atolón.
Aunque llegamos mucho antes de la hora del checking, nos permitieron coger la habitación y además con una agradable sorpresa añadida, pues al estar el resort en reparaciones, en vez de la habitación más económica en la playa que habíamos reservado, nos emplazaron en una villa sobre el mar, con su suelo de cristal para ver pasar los peces bajo él. Todo un lujo.
De lo que es Maldivas poco puedo añadir que no sea más que conocido por todos los amantes de viajar: playas de arena blanquísima, abundantes palmeras y agua turquesa que, al acercarse al borde del arrecife, se vuelve de un azul marino intenso. En medio, toda la gama de azules.
El relato de esta etapa del viaje se reduce a decir que dedicamos todo nuestro tiempo a hacer snorkel, nadar y descansar en la playa o en nuestra habitación, ya que el calor es aplastante. Estábamos en temporada baja, donde se supone que está más nublado y llueve todos los días, pero nosotros sólo vimos pasar algún nubarrón de vez en cuando y, de verás, eran muy bien recibidos pues tapaban por un rato el sol y se aliviaba algo la temperatura.
De todos los arrecifes en que he estado, para mí el de Maldivas es el mejor: por la transparencia del agua, con una visibilidad de hasta 30 metros de profundidad, por la diversidad de la fauna y por la buena conservación y el colorido del coral.
Desde el propio embarcadero de nuestra villa nos echábamos al agua y, alli mismo empezaba el arrecife de coral y aparecían miles de peces de todos los colores. En este viaje no llevábamos cámaras acuáticas, así que lo que pudimos fotografiar fue todo desde la superficie. Estas fotos quedan como una pequeñísima muestra.
Haciendo snorkel completamos varias vueltas completas al islote. Pudimos ver tiburones pequeños, que se acercaban hasta la misma orilla, mantas y también alguna tortuga.
El islote, que no llega a los 300 metros de longitud, es poco más que la superficie ocupada por el resort, pero da para tener varias playas que permiten poder estar a solas, accediendo a ellas a través de una selva frondosa que ha crecido sobre la arena coralina.
Y llegó el momento del retorno. Me parecía entonces y me lo sigue pareciendo hoy, que las Maldivas no es el tipo de destino para ir exclusivamente a él. Para mí, con tres días como los que estuvimos, después de nuestro tour por Sri Lanka era más que suficiente. Tiempo sobrado para hacer todo el snórkel que se quiera, teniendo en cuenta que no necesitas desplazamientos al arrecife y no hay limitación alguna de tiempo.
El tercer día, nos permitieron quedarnos en el resort, poder comer allí, tomar una ducha y, al atardecer nos devolvieron en lancha a Malé.
De vuelta a Colombo, tomamos nuestro vuelo a Dubai y el enlace a Madrid, esta vez sin las complicaciones del viaje de venida. Terminaron así estas vacaciones del año 2.011, a las que, como se ve en las fotos de estas tres entradas, sólo fuimos tres miembros de la familia.
