Terminó la primera entrada de este blog dedicada al viaje a Sri Lanka de 2.011 con nuestra llegada al hotel de Ella, después de visitar la cascada Dunhinda , en Badulla.
En la planificación del viaje, había reservado dos noches en Ella, a fin de recorrer los alrededores de Nuwara Eliya y los Horton Plains sin cambiar de hotel. De nuevo nuestro chófer tomó la iniciativa y nos convenció para cancelar la reserva de la segunda noche en el hotel y cambiar a una ubicación más cercana al parque. El motivo era que para evitar la densa niebla que todos los días cubre la meseta de Horton Plains, hacía falta madrugar mucho para hacer la pésima carretera de acceso al parque y empezar la marcha justo al amanecer. Esto no era posible hacerlo durmiendo en Ella.
Para esa nueva jornada, teníamos previsto hacer un tramo del tren turístico entre Ella y Nuwara Eliya, que salía a las nueve de la mañana. Nos levantamos bastante temprano y perdimos algún tiempo en cancelar la reserva del hotel. Con las prisas, nos montamos en el coche y entonces comprobé que el importe de la devolución, que me habían hecho en rupias, era una parte ínfima de lo que correspondía. Volvimos al hotel a reclamar y, ayudado del chófer conseguí que me devolvieran el importe correcto, pero, por el contrario, ya habíamos perdido demasiado tiempo y, cuando llegamos a la estación el tren había partido, así que tocó improvisar un itinerario para ese día.
Nos dirigimos al Dowa Raja Maha Viharaya, aún en la provincia de Uva, un templo budista con una estatua de Buda esculpida en la roca de 12 metros de altura, del siglo I a.C. Como la suerte no estaba de cara ese día, nos la encontramos completamente cubierta de andamios porque se estaba restaurando dado su mal estado.
Junto a la estatua esculpida se encuentra una cueva, con las paredes y techos pintados con el característico gusto budista y que alberga estatuas también muy coloridas que no parecían ser muy antiguas.
Regresamos pronto al hotel, ya que al día siguiente tocaba madrugar mucho para subir a los Horton Plains.
en el Acantilado del Fin del Mundo
Sin tiempo para desayunar por lo temprano de la hora de salida, nos pusimos rumbo al sur de Nuwara Eliya, para ascender, como ya nos había adelantado nuestro chófer, por una carretera en pésimas condiciones, hasta la entrada del Parque Nacional Horton Plains. Tal era su estado, que la subida la hicimos en un 4×4, que nos gestionó la noche anterior.
Visto el sinfín de curvas y baches al que nos tuvimos que enfrentar, agradecimos ir aún en ayunas. A la llegada a la entrada del parque, fuimos recibidos por un ciervo, bastante habituado a ser alimentado por los visitantes.
Pese al clima subtropical de la región, como el parque está a más de 2.000 metros de altitud, por la mañana hacía bastante frio, así que nos pusimos varias capas de ropa y nos fuimos a hacer el sendero circular de unos 6 kilómetros de longitud que recorre la parte más accesible del parque.
La parte inicial discurre por un paisaje de pradera de montaña, paralelo al río Belihul (Belihul Oya), con helechos y arbustos de flores de colores muy llamativos. Un primer mirador se encuentra a la altura de una poza denominada Chimney Pool.
Al parecer, toda la región que ocupa el parque Horton Plains estaba cubierta de bosque primario, pero fue destruido por un incendio y no se regeneró.
Después el sendero se adentra en un bosque subtropical lluvioso con magníficos ejemplares de helechos arborescentes. Esta fue la parte más complicada del recorrido, porque el terreno era empinado y estaba muy resbaladizo, a pesar de que tenía acondicionados escalones para hacerlo más transitable.
Continuando el sendero por el interior del bosque, se llega a uno de los lugares más conocidos del parque, las cascadas de Baker, que se encuentran en un tributario del río Belihul y que tienen un salto de más de 20 metros.
La senda avanza un trecho a la orilla del río y, saliendo ya del bosque, continúa hasta el otro lugar más famoso del parque, el Acantilado del Fin del Mundo, un precipicio que tiene una altura de 870 metros.
Íbamos avanzando por una vereda entre arbustos y, de repente, llegamos a una estrecha pasarela de madera que, no sé ahora pero en aquella época no tenía baranda y daba paso al precipicio. Mejor no mirar para abajo.
Desde este punto, se inicia el camino de retorno a la entrada del parque. La niebla, que se había mantenido relativamente alta al inicio de la mañana, empezó a caer y cubrir el paisaje rápidamente. Los consejos de nuestro chófer nos habían vuelto a ser muy útiles.
en la capital de las montañas
Con esta excursión terminaba la parte del viaje dedicada a la naturaleza. A partir de ahora, ibamos a empezar el recorrido del llamado Triángulo Cultural, que lo forman Kandy, Anuradhapura y Polonnaruwa.
Regresamos a Nuwara Eliya, donde recuperamos nuestro coche y nos pusimos camino a Kandy, volviendo a pasar por los campos de té, con un paisaje lleno de verdor, con grandes cascadas que se veían en la lejanía, como las de Kolapathama dentro de la jungla de Mandaram Nuwara.
El coche empezó a tener algún problema y, a duras penas pudimos llegar hasta Kandy. El chófer se dirigió directamente a un taller y nos buscó un tuc-tuc para que nos llevara a nuestro hotel. De esta manera, hicimos un primer recorrido turístico por la ciudad.
Después de dejar el equipaje en el hotel, volvimos a coger un tuc tuc y nos fuimos a hacer compras por el centro y recorrer los alrededores del lago, donde se concentran sus principales monumentos.
Visitamos el Sri Dalada Maligawa o Templo del Diente de Buda, lugar sagrado y centro de peregrinación del los budistas. El nombre hace referencia a que aquí se custodia como reliquia un canino de Buda.
En frente del Palacio Real se encuentra el recinto amurallado de Natha Devale, complejo religioso dedicado a los cuatro dioses, y que es el edificio más antiguo de Kandy. Comprende templos tanto budistas como hindúes.
Hasta el anochecer recorrimos las orillas del lago, bastante animadas, porque había un espectáculo musical en el Palacio Real y pudimos ver al típico domador de sepientes con su flauta y dos cestos del que salían dos cobras.
De vuelta al hotel, nos esperaba el chófer para decirnos que había reemplazado el coche. En el bufet libre que teníamos para la cena pudimos comprobar el diferente concepto que teníamos nosotros y los cingaleses sobre lo que es una comida picante. Todo lo que degustamos ardía la boca.
Al día siguiente, estuvimos haciendo un recorrido en coche para ver la ciudad desde las colinas que la conforman. Hicimos una parada para ver una amplia perspectiva del lago, con todos los edificios que lo rodean y con una muy bonita vista de la isla Diyathilaka Mandapa.
Continuando la subida, fuimos al mirador desde donde contemplamos una magnífica vista de la ciudad, con la blanca estatua del Buda Gigante de la Montaña que, con sus 25 metros de altura, corona una de sus colinas.
Un lugar muy visitado de Kandy es el Jardín Botánico Peradeniya, que tiene más de 200 años de antiguedad. Es un lugar idóneo para pasear mientras se ven las especies de plantas y árboles que existen en el pais. Está bordeado del río Mahaweli, del que hay una bonita vista desde el puente colgante que lo atraviesa.
Tiene avenidas dedicadas a variedades de distintas especies, como palmeras o bambúes. Paseando por ellas se veían árboles repletos de murciélagos gigantes colgando de ellos, que ya habíamos visto en Tissamaharama. Cuando echaban a volar desplegaban unas enormes alas de casi 2 metros de envergadura que imponia bastante si te pasaban cerca.
También hay un invernadero con gran variedad de plantas ornamentales, entre las que se cuentan más de 300 especies diferentes de orquídeas.
De Kandy a Dambulla
A la salida del jardín botánico, nos estaba esperando el chófer para ponernos en carretera hacia Dambulla, donde íbamos a poner base para seguir recorriendo el Triángulo Cultural.
Las carreteras a lo largo de todo Sri Lanka son el punto de concentración de la población, de tal manera que se tiene la sensación de estar continuamente haciendo una travesía urbana. Esto hace que la circulación sea muy lenta, ya que peatones y animales están continuamente cruzandose, junto con coches y tuc tuc que se incorporan y se paran sin previo aviso. Pero esto tiene de positivo que el viaje se hace mucho más ameno y permite conocer mejor los hábitos de los cingaleses.
Al borde de las carreteras se venden todo tipo de productos y, entre ellos, enorme variedad de frutas tropicales de las que tuvimos la oportunidad de probar algunas tan exquisitas como el rambután, el fruto del jack o el durian, cuyo olor echa para atrás, pero su sabor a mi me pareció delicioso. Nuestro chófer elegía los puestos que ofrecían la mejor calidad y por precios módicos nos cargábamos de frutas que, algunos días, era casi todo lo que comíamos entre el desyuno y la cena.
La distancia entre Kandy y Dambulla es de unos 70 kilómetros y, en este trayecto, sólo hicimos una parada turística en Matale, para ver el Templo Hindú Sri Muthumariamman, que es del siglo XIX, pero de restauración reciente.
Nuestro hotel en Dambulla se encontraba en una plantación de mangos. El trayecto nocturno de las habitaciones al restaurante para ir a cenar tenía el aliciente de recorrerlo casi a oscuras viendo pasar los gigantescos murciélagos como los que fotografiamos en Kandy. Aunque sabíamos que eran hervíboros, no podiamos evitar ir a la carrerilla y con el cuello bien encogido.
la Ciudad Santa de Anuradhapura
El recorrido del Triángulo Cultural lo continuamos por la Ciudad Santa de Anuradhapura, situada a unos 60 kilómetros al norte de Dambulla. Su complejo arqueológico es Patrimonio de la Humanidad y comenzó a edificarse hacia el siglo V a.C.
Al llegar a la ciudad se tiene una magnífica vista del lago Nuwara con las siluetas de dos de las grandes dagobas al fondo.
Esta fue la única etapa de nuestro viaje donde vimos una mayor presencia policial y militar. Después de validar nuestros tickets, tuvimos que pasar un control bastante riguroso, las mujeres, por un lado, los hombres por otro, con cacheo incluido.
Esta fue la única etapa de nuestro viaje donde vimos una mayor presencia policial y militar. Después de validar nuestros tickets, tuvimos que pasar un control bastante riguroso, las mujeres, por un lado, los hombres por otro, con cacheo incluido.
Coincidió que ese día visitaba el lugar sagrado el presidente del país y no las tenían todas consigo. Nuestro chófer, que solía esperarnos en el coche durante las visitas, ese día nos acompañó a casi todos los lugares.
Empezamos el recorrido por la Dagoba Jetavanaramaya, inconfundible por ser de ladrillo visto y faltarle la parte superior del cono. Mide más de 120 metros de altura y en su interior custodia reliquias de Buda y después fuimos la Dagoba Ruvanvelisaya que, a pesar de su aspecto moderno por el encalado, es del siglo II d.C.
Hasta este punto, la visita la habíamos realizado prácticamente en solitario. Cuando nos dirigimos hacia los lugares más venerados por los creyentes budistas, nos juntamos con una multitud de fieles, mujeres y hombres, vestidos completamente de blanco que entraban y salían de los lugares de culto.
El lugar de mayor afluencia de fieles y el más venerado con diferencia era el Sri Maha Bodhi, un árbol enorme que se dice es un esqueje de la higuera bajo la que fue iluminado Buda en la India y que se plantó aquí hace más de 2.000 años.
Nosotros la vimos desde el interior del recinto, donde hay un templo desde cuyo tejado salen pértigas doradas para sostener las ramas de la higuera.
El chófer, que nos servía de guía en esta parte del recorrido, mostraba su fervor religioso ante estos lugares de tanto significado para sus creencias y, mientras nosotros nos dedicábamos a contemplar los edificios de interés cultural, el aprovechaba para orar en los templos.
Dentro de este complejo de edificios destaca el Isurumuniya Vihara, un templo del siglo III a.C, esculpido en unas grandes rocas en las que hay figuras talladas, como el elefante de la foto de abajo.
Todo lo que hoy es el complejo arqueológico son los restos de la obra de los sucesivos reinados con las destrucciones de los períodos de guerras y convulsiones. Recorriéndolo, hay desperdigados ruinas de edificios, estanques, pequeños templos más o menos bien conservados y, en su inmensa mayoría, sin carteles explicativos, de tal manera que no era posible hacerse una día de su significado o la época a que pertenecían. Un ejemplo es esta pequeña estupa de la foto, que parecía haber sido restaurada recientemente o, quizás, ser una construcción moderna endosada a los templos antiguos.
Con un paseo por los estanques de los antiguos jardines del palacio real, terminamos nuestra visita y tomamos en camino de vuelta hacia nuestro hotel en Dambulla para, al día siguiente, dirigirnos a Polonnaruwa.
Polonnaruwa, el tercer vértice del triángulo Cultural
Setenta kilómetros (una hora y media en coche) separan Dambulla de Polonnaruwa. El paisaje es bastante llano, con extensos campos de arrozales y embalses construidos en la antigüedad que hoy día son reservas naturales y atracciones turísticas. En el camino, se pasa cerca de la roca de Sigiriya. Nosotros continuamos la ruta y eso lo dejamos para el día siguiente.
El recinto arqueológico de Polonnaruwa tiene muchos más edificios que el de Anuradhapura y ocupa una mayor superficie, si bien es mucho más moderno, ya que se fecha entre los siglos XII y XIII d.C.
Gran parte de lo que hoy es el complejo arqueológico se debe a la obra del rey Parakramabahu I, que reinó en el siglo XII. La visita la comenzamos viendo una estatua suya tallada en una roca y las ruinas del Palacio Real y el Salón de Audiencias, que tiene un bonito friso con elefantes y es el edificio mejor conservado de este sector.
Aunque el entorno del complejo de Polonnaruwa es bastante frondoso, la mayoría de las edificaciones está en explanadas desprovistas de vegetación, así que, en un día de calor como en el que nosotros hicimos la visita, se requiere hacerlo con tranquilidad e ir provistos de agua porque la sed aprieta pronto.
Cercano al Palacio Real se encuentra El Cuadrángulo, que es un conjunto de diez edificios principales, la mayoria en muy buen estado de conservación. Entre ellos se encuentra el templo budista Thuparama Gedige, que es uno de los pocos edificios que conserva su techo original. Es aún un lugar de culto, por lo que hay que acceder a él descalzo y en su interior hay varios Budas de pie y sentados.
El edificio quizás más icónico de el Cuadrángulo es el Vatadage, que era una capilla circular de unos 20 metros de diámetro, con cuatro entradas orientadas hacia los puntos cardinales, custodiadas por guardianes y con cuatro estatuas de Buda sentado a los costados del centro de la circunferencia.
En las entradas del Vatadage hay una piedra semicircular llamada Sandakada Pahana o Piedra Lunar, con frisos concéntricos que representan animales y plantas. Este edificio también seguía abierto al culto budista y para acceder a él era necesario descalzarse y llevar los hombros cubiertos.
El centro de la explanada del Cuadrángulo está presidida por la estatua de Bodhissatva, que en el budismo representa a las personas iluminadas por Buda, bastante bien conservada, a pesar de faltarle los brazos.
El Cuadrángulo posee además una buena porción de edificios de arquitectura muy variada y en excelente estado de conservación. Terminada su visita, en la que vimos a muy pocas personas, principalmente nativos que iban a orar a los templos, volvimos al coche para trasladarnosal conjunto de edificios, más desperdigados, que forman el llamado Grupo Norte. Al igual que en la primera parte del recinto, el chófer nos indicó el punto de reencuentro a una hora determinada y hicimos la visita por nuestra cuenta.
Fuimos a visitar la dagoba más importante de Polonnaruwa: la Rankot Vihara, de más de 50 metros de altura y que es de ladrillo visto. Realmente, no sé si el encalado de algunas dagobas es un añadido moderno o que las de ladrillo lo tenían originalmente y lo han perdido. A esta dagoba se accede por unas escalinatas y a su alrededor hay una serie de capillas con estatuas de Buda de pie, no muy bien conservadas.
Continuando más al norte, están los restos de un enorme edificio de ladrillos, el Lankatilaka, del que se conservan dos altos muros con una estatua de Buda de pie en su interior, que no tiene cabeza. En el exterior de uno de sus muros hay un magnífico relieve que parece reproducir el palacio del rey Parakrabahu.
A lo largo de todo el recinto hay estanques y baños pertenecientes a los distintos palacios reales que se edificaron a lo largo de los años en Polonnaruwa y que dan una idea del esplendor que alcanzaron los reinados cingaleses en la edad media.
Íbamos a terminar nuestro itineraio con la visita del Gal Vihara, que es el monumento más famoso y visitado de todo el complejo arqueológico. Una gran roca granítica donde están talladas las estatuas de tres budas, uno de ellos sentados, otro de pie y el último recostado. Este monumento, del siglo XII, permaneció oculto entre la vegetación hasta la época colonial inglesa.
Con esta última parada, dimos por finalizada la visita al yacimiento arqueológico que hicimos, en la mayoria de los lugares, completamente a solas y que, hoy día, recordamos aún por el mucho calor que pasamos cuando abandonabamos las zonas sombreadas. Una buena sombrilla como las que les veíamos a los lugareños, no nos habría venido nada mal.
Y aquí termino también esta segunda entrada dedicada a nuestro viaje de 2.011, que creo es una magnífica muestra de lo muchísimo de interés que ofrece el interior de Sri Lanka.
