Jordania es un pequeño país que reúne suficientes alicientes para incluirlo entre mis destinos favoritos: naturaleza e historia entre otros.
Después de posponerlo durante muchos años, por fin hicimos este viaje en septiembre de 2.018. Es un destino que se ajusta a mis gustos, ya que es posible hacerlo a tu aire, en coche de alquiler – los jordanos conducen razonablemente bien – y en cortos desplazamientos se pueden ir combinando visitas culturales y los espacios naturales poco masificados.
los castillos del desierto
De los Castillos del Desierto visitamos Qusair Amra, que queda a pie mismo de la carretera. En su parking hay guías que se ofrecen por la voluntad para hacer la visita en inglés.
Qusair Amra es una fortaleza del siglo VIII famosa por sus frescos, que es Patrimonio de la Humanidad. En su restauración se seguía trabajando cuando la visitamos, por un equipo de arqueólogos italianos, con fondos de la UE.
El interior del castillo es lo más interesante de la visita. Los frescos, que representan escenas de reyes persas, visigodos y etíopes y de la vida cotidiana, han sobrevido milagrosamente al paso del tiempo y al abandono.
El buen trabajo de restauración que estaban haciendo se dejaba notar comparando con las partes que todavía estaban sin acometer.
La visita no toma mucho tiempo, ya que se reduce al interior del castillo. En sus alrededores no hay más que desierto sin rastro de vegetación. No es fácil imaginarse las fuentes y jardines que en su momento existieron en la fortaleza.
pernoctando en Wadi Rum
Terminada la visita al castillo, para tomar la carretera 15 hacia el sur tuvimos que desandar el camino y volver a las cercanías de Ammán. Aquí se toma una autovía que nos debía de llevar en poco tiempo al área protegida de Wadi Rum, pero se encontraba entonces en obras y el avance fue muy lento. Hasta el atardecer no llegamos a nuestro destino. Por el camino pudimos ver algo de los hábitos de los jornados, como el viajar en camello.
En Wadi Rum Village se pueden contratar las visitas guiadas gestionadas por los beduinos. Nosotros lo hicimos por internet antes de viajar, para tenerlo todo más fácil. En la aldea dejamos nuestro coche y nos subimos al 4×4 del guía que nos llevó al campamento donde pasamos la noche.
Nada más instalarnos, nos fuimos para ver el atardecer desde un buen punto de observación en las formaciones rocosas cercanas. De regreso, nos prepararon la cena, hubo algo de música improvisada y a dormir. Nos advirtieron que no dejáramos nada fuera de la tienda por los animales. Olvidamos unas chanclas y, a la mañana siguiente, faltaba una que encontramos después en otro lugar del campamento.
un tour por el desierto
Wadi Rum es un desierto de arena entre montañas de granito y arenisca, situado a 1.600 metros de altitud, donde la acción eólica ha esculpido formaciones rocosas de curiosas morfologías como arcos, enormes rocas esféricas o setas gigantes. En un 4×4 fuimos visitando estas formaciones, donde el guía nos dejaba tomarnos nuestro tiempo para recorrerlas y fotografiarlas.
Aprovechando la sombra de una de estas rocas el guía nos preparó a media mañana un té al puro estilo de beduino.
Sin compañía, hicimos la travesía de un angosto barranco, donde había abrigos utilizados por los beduinos. A la salida, el guía nos estaba esperando para llevarnos a almorzar resguardados a la sombra en una grieta de la montaña.
Después de comer, continuamos el recorrido por los parajes más espectaculares del desierto donde se rodó Lawrence de Arabia. De tanto en tanto veíamos pasar dromedarios solos o en manada. A dónde iban nos quedó como un misterio.
Pasamos a tomar un refresco por una tienda de suvernirs y nos hicimos con el inevitable kufiya, en Jordania de color rojo y blanco, y nos animamos a subir por las dunas de arena dorada.
Terminamos nuestro tour viendo los petroglifos de hasta más de 3.000 años de antigüedad cincelados en las paredes de una angosta garganta. Representan a personas, animales y, en vez de las palmas de las manos de las pinturas paleolíticas, plantas de los pies.
snorkel en el mar Rojo
Continuando con nuestro apretado calendario, terminado el tour del desierto, pusimos rumbo a la ciudad costera de Aqaba, con la idea de practicar otra de nuestras aficiones favoritas: el snorkel.
Despues de pasar por el hotel, ya de noche nos dimos un paseo por la ciudad. Aqaba está situada geográficamente en el punto de unión desde varios países. Las luces que veíamos desde un mismo sitio pertenencian a Arabia Saudí mirando al sur, Egipto al oeste, al otro lado del mar Rojo y por encima Eliat, la ciudad del vecino Israel.
A la mañana siguiente, preguntamos en el hotel para contratar uno de los tours de snorkel que ofrecían pero nos dijeron que lo mejor era ir a alguno de los clubs privados que existen al sur de la ciudad donde, por un precio muy razonable podíamos hacer uso de todas sus instalaciones y nadar en el arrecife de su playa privada.
Desde el embarcadero de la propia playa del club se accede directamente al arrecife de coral, que nos sorprendió por la transparencia del agua, sus vivos colores y la variedad de peces.
Con respecto a otros lugares en que hemos hecho snorkel, la ventaja de Aqaba es que no necesitas desplazarte en embarcaciones al arrecife y puedes realizar todas las inmersiones que quieras sin límite de tiempo, con el mar como una piscina, sin riesgos de corrientes que puedan arrastrarte.
El calor en Aqaba si que era asfixiante (mayor que en el desierto), así que nos vino muy bien la piscina del club y su restaurante hasta la hora de regresar para recoger nuestro equipaje y poner rumbo a Petra, que será el inicio de una segunda entrada que dedicaré a Jordania.
