En el viaje en el que en 2.023 circundamos el planeta, nuestra cuarta etapa fue la Polinesia Francesa. Las anteriores, de las que ya he dejado entradas en este blog fueron, por orden cronológico, Tailandia, Melbourne y sus alrededores en Australia y la Isla Sur de Nueva Zelanda. Dejamos ésta en un vuelo de Christchurch a Auckland que, con una breve escala de hora y media, conectaba con el vuelo a Tahití de cinco horas de duración.
llegada a Papeete en un día muy largo
Ese fue el día más largo que hasta hoy hemos vivido: salimos de Auckland a las 7 de la tarde y llegamos a Tahití el mismo día ¡a la una de mañana! Todavía teníamos por delante otras 23 horas de ese día que iba a durar, por tanto, 47 horas.
A pesar de la distancia, estábamos en la Unión Europea y sólo necesitamos nuestro carnet de identidad para los trámites aduaneros. La moneda, en cambio, no es el euro y tuvimos que cambiar al Franco Polinesio.La terminal del aeropuerto está dentro de la ciudad y, para ir a nuestro hotel de esa noche pudimos hacerlo a pie.
Al día siguiente por la mañana tomamos un coche de alquiler para poder recorrer toda la isla, pues el transporte público no era muy recomendable.
Nuestro alojamiento para el resto de la estancia fue cerca de la Playa Vaiava, en el lado oeste de la isla, con arena blanca, pero sin apenas sombras donde cobijarse y las pocas, muy disputadas. No tiene oleaje y el arrecife, muy cercano a la costa es muy entretenido por la cantidad de peces que se ven. Allí íbamos a echar muchas más horas de las que teníamos previstas.
por la Route de la Ceinture
Poco antes de llegar a Tahití nos llegó un mensaje de la cancelación de una navegación en catamarán al Atolón de Tetiaroa, la isla que perteneció a Marlon Brando, que nos debía ocupar un día entero de nuestra estancia. A pesar de la contrariedad, como teníamos la autonomía de un coche de alquiler, pensamos que encontraríamos lugares sobrados donde ocupar esa jornada.
Decidimos dar la vuelta completa a la isla en coche, por la llamada Route de la Ceinture, casi única carretera asfaltada que existe en la isla y que va por el litoral y aprovechar para ver las playas donde poder emplear el tiempo adicional que ahora teníamos.
Comenzamos el recorrido hacia el norte, teniendo que atravesar Papeete, cuyos atascos ya conocíamos del día anterior. La ruta pronto empezó a mostrarnos que Tahití no está orientada para el turismo. Hacíamos kilómetros, siempre con el mismo paisaje: las verjas de las casas a uno y otro lado de la carretera y, de vez en cuando, una vista del mar a nuestra derecha, pero sin apenas lugares donde aparcar o accesos a las playas y sin indicadores de ningún tipo.
Las playas en esta parte norte son de arena negra y muchas de ellas tienen escolleras artificiales. La construcción de la carretera ha afectado mucho al paisaje del litoral.
Estas playas, donde hay fuerte oleaje y viento, son las preferidas de los surfistas y en ellas se han celebrado las competiciones de las últimas olimpiadas organizadas por Francia.
Algo más adelante está el mirador de D’arahoho, donde hay merenderos y unos sifones entre las rocas volcánicas que elevan chorros de agua pulverizada cuando son batidos por el mar. Desde aquí hay una bonita vista de la playa del mismo nombre.
Continuamos la ruta sin ver cosa de mayor interés. Ni tan siquiera existían los típicos puestos de carretera donde comprar productos locales o refrescos de frutas tropicales.
De esta manera llegamos a la cascada de Pape’ana’ana, ya en la parte oriental de la isla, que está casi a pie de carretera y donde el agua cae entre el verdor de la vegetación y la roca volcánica negra .
En la pared rocosa de la cascada hay esculpidos en la roca unos petroglifos, que representan a los ancestros polinesios. Allí hay también una roca redonda tallada que debe de haber sido traída de otro sitio. Según parece, este fue un lugar sagrado de los aborígenes, pero no hay ningún panel informativo que diga nada al respecto. Los petroglifos y la roca tallada son obra de un escultor más moderno, algo corroborado por el número 95 tallado en la parte inferior de la última.
Llegando al suroeste, se encuentra la península de Taravao, que no está rodeada por la carretera litoral. Nos adentramos algo en ella, pero no encontramos nada de interés y volvimos hacia Tahití para ver el sur y oeste de la isla.
Por las fotos, se puede pensar que hay buenas playas donde poder pasar unas horas de baño, lo cual es cierto, pero hay que tener en cuenta que hay una ausencia total de infraestructuras, como vestuarios o duchas, un pequeño restaurante o kiosko donde comprar refrigerios y, lo peor, sin sombras donde cobijarse del calor aplastante que hace en estas islas del Pacífico.
En las guías de internet habíamos leído que hay un Museo de Gaugin en el jardín botánico de Papeari, en la parte sur de la isla. Allí nos dirigimos, pero tanto el jardín botánico como el museo estaban cerrados por tiempo indefinido. Otra actividad más que se caía de la lista.
Así fuimos completando la vuelta a la isla, a un ritmo bastante más rápido del que habíamos pensado y hubiéramos deseado. Hicimos dos paradas más, en las Grutas de Mara’a, unas pequeñas cuevas de donde surge agua dulce que tiene propiedades medicinales y en la playa de Rohotu, que tiene arena blanca y aguas tranquilas, pero con las lindes de las propiedades privadas llegando casi justo a la orilla del mar y sin infraestructuras para el turismo.
Como la vuelta a la isla había sido muchísimo más rápida de lo pensado, aún tuvimos tiempo de internarnos otra vez en los atascos de tráfico de Papeete y pasar por un hipermercado. Allí si que pudimos encontrar un buen surtido de pescado fresco y frutas tropicales a precios razonables, para prepararnos una copiosa cena. En el recorrido habíamos visto una cantidad enorme de gallos y gallinas que deambulan a su libre albedrío, sin dueño aparente, por cualquier lugar de la isla, ¡hasta en el parking del hiper nos los encontramos!
un poco del interior de la isla
Geológicamente, Tahití es una gran caldera volcánica, que le confiere a la isla un paisaje muy montañoso. Tan sólo hay dos carreteras que llegan al centro de la isla, una por el norte y otra por el sur y ambas sin asfaltar. Para adentrarse por ellas se precisa de un buen vehículo todoterreno. Estas rutas se suelen cortar cuando hay lluvias torrenciales.
Previo a nuestra llegada, concertamos en nuestro alojamiento un tour al interior con unos locales, en el que debíamos de emplear una jornada, incluyendo comida al aire libre. Íbamos charlando animadamente, cuando hicimos una primera parada en las Grutas de Mara’a. Les dijimos que ya las conocíamos y, después de un momento de duda por su parte, nos dijeron que era sólo para beber las aguas medicinales.
Continuamos la ruta en dirección oeste y, en este punto les dije que había visto en el mapa que el acceso al interior era por la dirección contraria. Nuevo momento de duda y la respuesta fue que entraríamos por el sur y saldríamos por el norte. Los kilómetros fueron pasando y también el cruce de acceso al interior de la isla por el sur. En este punto empezamos a preocuparnos.
Después de nuevos intentos de pararnos en los pocos lugares de interés que ya habíamos visto el día interior, les pedí que se hicieran un momento al margen de la carretera y aclarar lo que estaba pasando. Nos dijeron que la carretera al interior estaba cortada al público después de un accidente mortal hacía poco y que, como alternativa, nos estaban haciendo el tour de la vuelta a la isla. Enfado poco disimulable por nuestra parte y acuerdo de devolvernos la mitad de lo pagado. Como llevaban la comida preparada, paramos en unos merenderos en el Souffleur d’Arahoho.
A pesar de todo, mantuvimos el buen tono, comimos continuando la charla que llevábamos en esta segunda vuelta a la isla y terminamos el tour con otra promesa incumplida, que era la de internarnos lo más posible para ver el paisaje agreste de la parte alta de la isla.
Del interior sólo pudimos ver las cascadas Faarumai, a las que fuimos el día siguiente y se llega por una carretera asfaltada. Se trata de tres saltos de agua, cada uno perteneciente a un río diferente, que se visitan siguiendo un sendero por el interior de la selva. El recorrido no es dificultoso, pero con mucho calor y humedad.La primera de las cascadas, la de más fácil acceso, se llama Vahimauta y tiene una caída de 80 metros.
Siguiendo el sendero cuesta arriba unos 15 minutos se encuentran las otras dos cascadas, muy próximas entre sí. La más alta de ellas, de 100 metros de altura, se llama Haamaremare Rahi. La segunda, de unos 40 metros de altura se conoce como Haamaremare Iti.
Pese a la proximidad de las dos cascadas, cada una de ellas se nutre de un río diferente.
En la visita a las cascadas, a las que se accede por la misma carretera que va al centro de la isla, pudimos ver que había vehículos de agencias turísticas haciendo la ruta al interior y nos enteramos que sólo estas empresas estaban autorizadas para hacer el recorrido. Como la contratación había que hacerla con antelación, tuvimos que renunciar a la visita.
El resto de nuestra estancia en Tahití lo empleamos haciendo snorkel en el lagoon de la playa Vaiava, con mucha fauna y algún coral vivo. No encontramos dónde alquilar una GoPro, así que no pudimos guardar recuerdos de nuestras inmersiones.
Terminamos así nuestra estancia en la mayor de las islas de la Polinesia Francesa, marcada por las dos excursiones frustradas y nos dispusimos a tomar el ferry para trasladarnos a la cercana Moorea, más pequeña pero con mejores espectativas.
