Dejamos Tahití sin mucho pesar y empezamos la segunda etapa de nuestra estancia en la Polinesia Francesa tomando el ferry que, en un corto trayecto, nos iba a llevar a Moorea.
rodeando la isla por la carretera perimetral
Desde que se desembarca en el puerto de Vaiare, en la parte oriental de la isla, se empiezan a observar las grandes diferencia con Tahití: menor densidad de tráfico, menos ruidos, el tipo de construcción…
Nuestro alojamiento estaba en la playa de Tiahura, en la parte noroccidental y decidimos ir hasta allí recorriendo la parte sur de la carretera perimetral. Este recorrido nos permitió familiarizarnos con la pequeña isla.
Moorea es también una montañosa isla volcánica, con los restos de la caldera en su parte central. La carretera perimetral discurre por la costa pero, a diferencia que en la isla mayor, en ella hay lugares donde poder aparcar y contemplar paisaje y playas y también dispone de carreteras asfaltadas para llegar a las partes altas del interior donde hay miradores accesibles en coche.
Otro contraste con Tahití es el tipo de construcción, donde todavía pueden encontrarse las típicas viviendas de los aborígenes de madera y fibras vegetales.
Lo que sí es común a las dos islas es la abundancia de gallos y gallinas sin dueños aparentes. En realidad es así: son animales asilvestrados que forman parte del paisaje polinesio.
Nuestro plan para los cinco días que íbamos a pasar allí era emplear una mañana en recorrer su interior y, el tiempo restante, disfrutar de sus magníficas playas.
el mirador de Opunohu
En la parte norte de la isla hay dos profundas entradas de mar, la Bahía de Opunohu y la Bahía de Cook. En la primera de ellas es donde desembarcó el explorador inglés cuando llegó a la isla y no la que lleva su nombre. Desde ambas bahías se llega a la Route du Belvédere, carretera asfaltada que conduce al Mirador de Opunohu.
En la ascención se ven plantaciones de cultivos tropicales, como la planta de Ti, cuyas raices tienen azúcar, la piña tropical y la platanera.
La carretera va serpenteando y ascendiendo de manera continúa hasta llegar a un parking en el mismo mirador, desde donde hay unas magníficas vistas de las calderas de los volcanes Mouaputa y Tohivea, que fueron los que originaron la isla, todo en un entorno de densa vegetación tropical.
Desde el mirador Opunohu también hay magníficas vistas de las dos grandes bahías de la parte norte de la isla.
las playas de Moorea
La isla está en su totalidad rodeada de un lagoon de aguas turquesas con arrecifes de coral. En cualquier parte de ella se puede acceder a pequeñas playas de arena fina al borde de la carretera perimetral, a las que uno tiene que llevar su sombrilla y comida si se quiere echar el día.
Principalmente en la parte norte, hay varias playas públicas, donde suelen acudir los locales, que disponen de sombras, kioskos y duchas y vestuarios. En la primera de las que estuvimos fue la playa Tiahura, muy cerca de nuestro alojamiento.
Nos alojamos en una cabaña de estilo polinesio con un jardin donde tenían un árbol del pan, cuyo fruto cocinado habíamos probado en Tahití.
En la Bahía de Opunohu está la playa de Tahiamanu que tiene un palmeral muy extenso y un arrecife en el mismo borde de la playa. Justo al lado hay un parque público con parking, aseos y duchas, muy cómodo para un día de playa. Lo único a tener muy en cuenta es la hora de cierre, pues en eso el vigilante es muy puntual: cierra la cancela, se niega a volver a abrirla y los coches que no han salido pasan la noche allí.
En la parte oriental de la isla, cerca de la terminal de ferry, existe otra playa pública, la de Temae, también con un extenso palmeral con sombra para todos. Tiene un magnífico arrecife y en ella echamos muchas horas haciendo snorkel.
Otra de las playas cercanas a nuestro alojamiento era Les Tipaniers y fue en la que estuvimos con más frecuencia. En realidad, su acceso no es público pero nuestra simpática anfitriona nos explicó el truco para acceder a ella a través de las instalaciones de un resort que la tiene como privada. Esta es, sin duda, la playa más bonita de las que estuvimos.
La playa no es muy grande y una parte importante la tiene ocupada el resort con las hamacas para sus clientes, pero como había muy poca gente, quedaba una zona con palmeras donde estar tranquilamente y se disponía de vendedores de refrescos y cocos. En esta playa también es posible alquilar todo tipo de material para buceo, snorkel, kayaks y cámaras GoPro.
El arrecife de coral en Les Tepaniers es muy somero y se puede acceder a él sin dificultad, desde la misma orilla o sus embarcaderos.
en el Banc de Sable y los atolones
Una de las zonas del lagoon de Moorea más visitada está frente a Les Tipaniers. Se trata del Banc de Sable, un alto fondo arenoso a unos 350 metros de la costa, donde se hace pie y en el que se concentra gran cantidad de rayas, pequeños tiburones y otros peces. Aunque hay numerosas excursiones organizadas, nosotros lo exploramos por nuestra cuenta. Con un día de antelación, nos alquilamos un kayak y una cámara GoPro.
Como todo este tipo de atracciones turísticas, tiene sus horas de masificación. En este caso es por la llegada de multitud de barcos, muchos de los cuales tienen el fondo de cristal, así que no se necesita lanzarse al agua para ver a los peces.
Desde estos barcos se lanza carnaza para atraerlos en multitud, con lo cual es un poco como la hora de echarle el pienso al ganado. Estas prácticas son bastante cuestionadas, por cuanto el banco de arena se supone área protegida.
De todo esto fuimos advertidos cuando contratamos con antelación el alquiler del kayak. Nos recomendaron ir temprano, para evitar la avalancha de barcos y también los vientos, que suelen aumentar según avanza el día.
Cuando llegamos al banco de arena, había unas pocas de embarcaciones pequeñas y kayaks. Estuvimos allí como una hora. No había demasiados peces, pues ya están habituados a aparecer junto con los barcos de turistas, sinónimo de comida abundante, pero de esta manera todo resulta mucho más natural.
Con la GoPro estuvimos grabando y fotografiando a las rayas, los tiburones y banco de peces que pasaban literalmente rozándonos. No vimos tortugas que, aunque menos frecuentes, no es raro verlas.
En otros lugares en que hemos hecho actividades similares a ésta, como en República Dominicana o Belice, íbamos acompañados de guías. Aquí nos resultó extraño que, aún siendo los tiburones inofensivos, no hubiera vigilancia de ningún tipo. Esto hace que la gente pueda tocar a las mantas para que se levanten del fondo y poderlas grabar mejor.
Para ir hasta los cercanos islotes (Motu, en polinesio) Tiahura y Fareone, nos insistieron que el recorrido lo hiciéramos siempre en sentido contrario a las agujas del reloj, para llevar la fuerte corriente a favor, yendo desde el Banc de Sable por la parte más alejada de la costa. Era bastante frecuente tener que ir a recoger a gente agotada de remar contracorriente o que terminaban bastante alejados del sitio de donde habían salido.
Nos fuimos hacia el islote Tiahura, donde dejamos el kayak en la orilla y estuvimos un buen rato haciendo snorkel en el arrecife, con una corriente que obligaba a nadar continuamente. En toda esta parte del recorrido estuvimos completamente solos. El arrecife tenía mucho coral vivo y con gran cantidad de pequeños peces que se alimentan de él.
Después remamos hacia la parte norte del Motu Tiahura y pasamos por el canal que separa los dos islotes. Aquí uno se puede bañar en unas aguas muy somera sin apenas corriente.
Finalmente, con la corriente a favor, retornamos a la playa de Les Tipaniers. Estuvimos unas cinco horas haciendo todo este recorrido, que nos resultó de lo mejor en La Polinesia.
El resto de nuestro tiempo en Moorea fue repetir playas, más snorkel y algunas compras finales de artesanía polinesia fabricada por los locales.
Al atardecer, cogimos el ferry hasta Tahití, retornamos el coche y nos fuimos al mismo hotel del día de llegamos, a tiro de piedra del aeropuerto donde, a la mañana siguiente íbamos a coger el vuelo a Los Ángeles para empezar la quinta y última etapa del viaje del año 2.023.
