En los años 80, en revistas de viajes, como GEO, leía frecuentemente artículos sobre Sri Lanka como un destino muy sugerente: un país pequeño, con un enorme patrimonio tanto natural como cultural. Después empezaron los atentados y la guerra civil, que acabaron con el turismo convencional.
En el año 2.011, las agencias de viajes ya ofrecían viajes a este destino y como desde que en 1.994 estuvimos en Malasia no habíamos vuelto a ir a Asia, nos decidimos a organizar unas vacaciones en Sri Lanka para ese verano.
Preparé una ruta de los lugares que quería recorrer y me puse en contacto con una agencia local en Colombo, con la que contraté un vehículo con chófer y los hoteles los reservamos por nuestra cuenta.
El tour iba a a comenzar por la parte sur del país, más dedicado a la naturaleza (el Parque Yala, Nuwara Eliya, los Horton Plains…), para después viajar a la zona más cultural del centro y norte de la isla (Anuradhapura, Polonnaruwa, Sigiriya…).
Por otro lado, después de rebuscar mucho, porque en aquella época Maldivas era un destino muy caro, conseguí encontrar una estancia de tres días a un precio bastante razonable y ampliamos nuestro viaje, una vez que termináramos el tour por la isla.
desde Colombo a Tissamaharama
A la mañana siguiente, antes del desayuno y de ponernos de nuevo en ruta, estuvimos dando un largo paseo por la inmensa playa completamente solitaria.
La pérdida de casi una jornada, nos obligó a comprimir nuestro itinerario por la parte sur del país, que pretendía ver tortugas en Hikkaduwa, visitar la ciudad de Galle, las playas de Unawatuna y Dalawella y los parques nacionales Udawalawe y Yala.
Tuvimos que reducirlo, en el segundo día, a una breve visita en Galle, para ver los restos del fuerte y parada en la carretera con panorámicas a alguna playa, ya que por la tarde íbamos a ir al Parque Yala.
Avanzando por la carretera que bordea la costa, aún se podían ver los efectos devastadores del tsunami de 2.004, a pesar de los años transcurridos, con viviendas demolidas como si hubiese habido un bombardeo, junto a otras ya reconstruidas y vueltas a habitar.
Avanzando por la carretera que bordea la costa, aún se podían ver los efectos devastadores del tsunami de 2.004, a pesar de los años transcurridos, con viviendas demolidas como si hubiese habido un bombardeo, junto a otras ya reconstruidas y vueltas a habitar.
En Galle hicimos un recorrido por el Fort, construido por portugueses y holandeses en sus etapas coloniales, con las fortificaciones y baluartes que dan al mar.
En una de sus esquinas se encuentra el Faro de Galle, el más antiguo del país. Dentro de las murallas nos fotografiamos junto a la Mezquita Meeran, de principios del siglo XX, uno de los pocos lugares de culto musulmán que vimos en nuestro viaje.
En nuestro breve recorrido por Galle, no nos topamos con ningún turista. La ciudad todavía no se había recuperado de los efectos de la pasada guerra.
Siguiendo la carretera costera en dirección al este, hicimos paradas para ver las playas de Weligama, Unawatuna y Dalawella, que no invitaban en esa época al baño por la fuerza del oleaje. En el verano, el buen tiempo está el la parte este de la isla, mientras que el sur y el oeste son más lluviosos y suele haber tempestades.
Separándonos de la costa, entramos en la zona de humedales del lago Tissa, reserva artificial de agua construida en el siglo III a.C. En la cercana ciudad de Tissamaharama teníamos nuestro alojamiento, al que fuimos antes de ir al parque Yala.
en los parques Yala y Bundala
En 2.011, las visitas turísticas al Parque Yala, por motivos de seguridad, se reducían al sector oeste, aproximadamente una cuarta parte de la superficie del parque. Contratamos un guía local que sólo hablaba cingalés y, en su 4×4 un tanto desvencijado, hicimos un tour hasta el atardecer, con nuestro chófer como traductor al inglés.
El paisaje del parque es arbustivo, con formaciones rocosas y charcas y lagunas donde se concentra la fauna, entre la que pudimos ver búfalos, ciervos moteados y sámbar.
El Parque Yala tiene la mayor concentración de elefantes de Sri Lanka. El elefante asiático se diferencia del africano en que no tiene colmillos, lo que los preserva más de la acción de los furtivos que a los africanos. Pudimos verlos en manadas, con sus crías y un ejemplar adulto muy cerca de nuestro coche, cuando cruzaba el camino por el que circulábamos.
Las charcas son también lugares predilectos de los depredadores. Los cocodrilos esperan en sus orillas al momento en que se acerque una presa.
El más esquivo de los habitantes del parque, y por eso el más buscado, es el leopardo de Ceilán. A su búsqueda emprendió nuestro guía un recorrido por las partes más recónditas antes de que anocheciera. Finalmente, dimos con él. No fue el mejor avistamiento posible, pues se encontraba bastante lejos, pero pudimos fotografiarlo.
El siguiente día lo empezamos con una visita al Parque Nacional Bundala, que son unas marismas con gran variedad de aves, endémicas de la región, como el Loriculo de Ceilán, que aparece en la foto.
También abundan los monos, cocodrilos y el Varano de Bengala. Con suerte, pueden verse elefantes. El parque se extiende hasta la solitaria playa de Bundala, lugar de nidificación de tortugas marinas.
hacia el centro de la isla
Después de la visita del parque, pusimos rumbo hacia el centro de la isla, a la ciudad de Ella. La primera parte de la carretera, aún en la Región Sur, discurre por plantaciones de arroz, en medio de las cuales se podían ver blancas pagodas, como la Yatala Wehera, con su muro de elefantes y la Tissamaharama Raja Maha Vihara, ambas construidas en el siglo III a.C.
Paulatinamente, el paisaje se hace más montañoso, la carretera más sinuosa, con una vegetación exuberante y numerosas corrientes de agua que la cruzan.
Teníamos la idea de ir a las cascadas de Diyaluma, cercanas a Ella. Por recomendación de nuestro chófer, nos desviamos algo más hacia el norte y fuimos a ver la cascada Dunhinda, que se encuentra a pocos kilómetros de la ciudad de Badulla y cuyo acceso es de pago.
Para llegar a ellas hay que hacer un sendero con vegetación selvática que parecía estar vigilado por monos que, para dejarnos pasar, nos conminaron a darles las mazorcas de maíz asadas que acabábamos de comprar.
El camino también está amenizado por la aparición de unas grandes arañas de color amarillo, que no son especialmente peligrosas pero que no son precisamente de los animales que más simpatías despiertan.
La cascada se ve desde un mirador al final del sendero y tiene la caida a una poza después de un salto de más de 60 metros de altura.
Terminada la excursión y después de comprar otras mazorcas para reponer las que nos requisaron los monos, tomamos la carretera de Badulla a Ella, para ir a nuestro hotel.
Nos alojamos, en las afueras de Ella, en una de sus colinas cubiertas con una vegetación frondosa y variada que dan al paisaje aspecto de jardín botánico. La altitud (más de 1.000 metros sobre el nivel del mar) se deja notar: nos encontramos mantas en las camas y, realmente, no nos sobraron esa noche.
Al día siguiente partiríamos hacia el distrito de Nuwara Eliya, con intención de ir al Parque Nacional Horton Plains. Esto lo contaré en la segunda entrada dedicada a este viaje de 2.011.
