Nuestra estancia en Tailandia tuvo una parte dedicada a la naturaleza, con la visita a los parques nacionales que ya he descrito en la entrada anterior de este viaje, y otra más cultural, con una excursión a Ayutthaya y la visita al Palacio Real de Bangkok.
el parque histórico de Ayutthaya
Por detrás, en una zona bastante menos concurrida, se encuentran la pagoda y el templo con su Buda sentado.
Después de visitar este templo, volvimos al autobús para trasladarnos a ver el resto del complejo arqueológico. Allí hicimos una visita libre de dos horas.
El símbolo de Ayutthaya es, sin duda, la cabeza del buda entre las raices de una higuera. La leyenda dice que el árbol creció sobre ella para protegerla de un saqueo birmano en el siglo XVIII. Nuestra guía le atribuyó un origen mucho más reciente, al quedar abandonada durante unas restauranciones en los años 50 del siglo pasado.
El complejo arqueológico es una sucesión interminable de restos de estupas, prang (torres) y pagodas construidas por los sucesivos reyes durante el periodo de esplendor de la ciudad.
El Prang era una torre ornamentada con motivos religiosos, muy abundantes en Ayutthaya, algunas de ellas inclinadas por el paso del tiempo.
Desde el complejo se podía ver el cercano Prang Wat Ratchaburana, uno de los más altos y mejor conservados de la ciudad.
Continuamos la visita recorriendo el templo Wat Phra Si Sabphet, con las tres pagodas gemelas, que son de los siglos XV y XVI.
De vuelta al autobús, fuimos a ver el Wat Lookayasutharam, restos de un templo del que se conserva un buda reclinado de 42 metros de largo. Estratégicamente situado junto a él había un restaurante al aire libre donde comimos, cómo no, arroz.
La última visita fue a la pagoda Phu Khao Thong, del siglo XVI, situada a las afueras de la ciudad. Destaca por su gran altura, 80 metros y por su color blanco. Desde aquí volvimos a Bangkok.
el Palacio Real de Bangkok
De la capital no habíamos visto más que el panorama desde el coche yendo a las excursiones, principalmente la silueta de sus altos rascacielos. El día de nuestra partida teníamos el vuelo por la noche, así que, dejamos nuestro equipaje en la recepción del hotel y elegimos el Palacio Real como lugar para visitar esa mañana.
Fuimos en taxi, para no perder mucho y ya tuvimos que guardar una cola importante para comprar los tickests de entrada. Cuando accedimos al interior, nos encontramos con una auténtica multitud, especialmente en el interior de templos y edificios, así que decimos recorrer sólo los exteriores.
El Palacio Real, también conocido como Grand Palace, es un complejo de edificios del siglo XIX, muy coloridos y con abundancia de dorados. en un entorno de amplísimas zonas ajardinadas.
El Palacio Real fue residencia del soberano hasta mediados del siglo XX, hoy día sólo algunas ceremonias reales se siguen celebrando aquí.
Dentro del recinto se encuentra el Wat Phra Kaew, el Templo del Buda Esmeralda, lugar sagrado del budismo y protegido por unos gigantescos guardianes llamados Yakshas.
En las cercanías del palacio se encuentran otros dos templos budistas del siglo XIX y de estilo arquitectónico muy similar, el Wat Intharawihan y el Wat Benchamabophit, o Templo de Mármol, también muy visitados.
Para recorrerlos, nos valimos de los prácticos tuc-tuc, aunque tuvimos que discutir lo nuestro con el conductor para disuadirlo de que nos llevara a los comercios en que él tenía comisión antes de ir al monumento concertado.
Se acababa nuestra estancia en Bangkok. El tuc-tuc nos llevó a comer a la orilla del río Chao Phraya, donde elegimos también arroz.
Aún nos quedaba por probar uno de los platos fuertes de esta ciudad: sus atascos. Como no teníamos gran prisa porque nuestro vuelo a Melbourne era a las once de la noche, nos entretuvimos en callejear algo por la zona del río hasta que decidimos buscar un taxi y desesperarnos durante 45 minutos hasta conseguir uno que, de inmediato se metió en un monumental embotellamiento, avanzando más lentamente de como lo podíamos hacer andando. Mirábamos en el navegador y veíamos que todo nuestro trayecto estaba en rojo hasta el mismo hotel. Empleamos más de dos horas y media en hacerlo.
Llegados al hotel, le dijimos al taxista que nos esperara, recogimos nuestro equipaje a toda prisa y de vuelta al atasco durante más de media hora. Cuando ya empezábamos a deseperar, el taxi giró de repente hacia la izquierda, subió una rampa y nos encontramos sobre la autopista-viaducto que cruza la ciudad y nos sacó de aquel caos.
Nos poníamos ya rumbo a la segunda etapa de nuestro viaje: una escala de tres días en Melbourne antes de ir a Nueva Zelanda.
