En el verano de 2.014 viajamos hasta Costa Rica para recorrer algunos de sus parques nacionales de la costa pacífica en un viaje de unos 10 días. Un año después, pasamos por el Parque Nacional Cahuita, en la costa caribeña, antes de marchar a Bocas del Toro en Panamá, estancia de la que ya tengo una entrada en este blog.
primera etapa: Manuel Antonio
Después de un vuelo desde Londres a San José con escala en ¡Madrid!, tomamos un transfer hasta la ciudad de Quepos, en el que tuvimos poca oportunidad de hablar con el conductor, porque pasó casi todo el viaje hablando por su móvil. El trayecto, de unos 150 kilómetros nos tomó unas tres horas y media en una carretera en buen estado pero con muchas curvas.
A mitad de camino paramos en el Puente de los cocodrilos, sobre el río Tarcoles, en cuyas orillas fangosas se acumulan estos reptiles.
Llegamos a Quepos con tiempo para instalarnos en nuestro hotel, buscar un lugar para cenar en las animadas calles de la ciudad e irnos a descansar para la visita al parque del día siguiente.
El recorrido al Parque Nacional Manuel Antonio se compone de dos senderos que conducen a las playas de arena blanca Espadilla Sur y Manuel Antonio, cada una a un lado del istmo de una pequeña península llamada Punta Catedral, por la que se hace un sendero circular. La entrada al parque permite permanecer en estas playas hasta la hora de su cierre.
El día de nuestra visita, uno de los senderos estaba cerrado, así que nos limitamos a recorrer el que conduce hasta la playa Espadilla Sur. A la entrada del parque hay guias que se ofrecen para acompañarte en el recorrido y servirte de sus catalejos para observar mejor la fauna. Nosotros lo recorrimos por libre y aprovechábamos los lugares donde se paraban los grupos con los guías para prestar atención a sus punteros láser que señalaban a dónde mirar.
El sendero es, en realidad, una carretera abierta en la densa vegetación y es en los márgenes de ella donde se puede observar la fauna. Entre el follaje, y bastante camuflada, descubrimos esta pequeña rana deslizadora o rana del Chocó que tiene unos grandes ojos rojos.
Otra especie propia de América central es la largatija espinosa, que se mueve entre la hojarasca.
Al igual que los reptiles y anfibios, el más buscado de los mamíferos del parque, el perezoso, también se camufla perfectamente entre la vegetación y es fácil que uno pase de largo sin percatarse de su presencia. En Manuel Antonio vimos la variedad de tres dedos llamada de garganta marrón.
Los primates también están bien representados en el parque. Nosotros pudimos observar y fotografiar al mono cariblanco y ver en las copas altas al mono aullador y escuchar sus alaridos que resuenan por toda la selva.
El sendero entre la selva desemboca en la playa Espadilla Sur, la más larga de las playas de Manuel Antonio.
Un corto sendero conduce al otro lado del istmo, donde se encuentra la ensenada de Manuel Antonio con una preciosa playa de arena blanca, más pequeña que la anterior, donde nos quedamos a pasar el resto de la jornada.
El sol tropical pegaba de plano ese día, con un cielo sin nubes. Afortunadamente, la playa tenía abundante vegetación que nos permitía estar a la sombra cuando no estábamos en el agua.
Allí estuvimos acompañados de los pizotes y las iguanas, que merodeaban tranquilamente entre nuestras pertenencias. Letreros advertían de no dejar mochilas a su alcance porque acostumbraban husmear en ellas.
Después de un buen rato de mar y playa nos animamos a hacer el sendero circular de Punta Catedral, que resulta bastante más cansado por tener pendientes.
Manuel Antonio quedó más bien como una agradable jornada de playa que como una visita a un parque nacional. Volvimos a nuestro hotel en Quepos y, para el día siguiente teníamos un traslado concertado al Parque Natural Nauyaca para visitar su cascada.
en las cataratas Nauyaca
En esas fechas se estaba jugando la fase final del mundial de fútbol y Costa Rica ebullía con su selección. Nadie quería perderse los partidos y eso incluía al conductor con el que habíamos concertado el transfer para las cataratas Nauyaca, que nos citó bien temprano para poder estar de vuelta a la hora del partido.
Después de una hora de carretera asfaltada, nos metimos por un camino de tierra con bastantes subidas y bajadas por las que el coche tenía muchos problemas para pasar. En un momento dado, decidimos que lo mejor era continuar a pie. El conductor nos dió indicaciones para no perdernos y nos citó en el mismo lugar unas horas más tarde.
La primera referencia era un puente colgante sobre el río Barú. Desde allí se iniciaba un sendero que nos habría de llevar hasta una cancela de madera donde una persona nos permitiría pasar previo pago de la entrada.
El sendero avanzaba por la orilla del río, en medio de una vegetación exhuberante y con mucha humedad en el ambiente que no nos permitía mantener un buen ritmo.
En el camino nos entretuvimos en ver la flora y los pequeños insectos, como estas hormigas tropicales cortadoras de hojas y los llamativos hongos conocidos en Costa Rica como Copitas.
Finalmente, llegamos a la cancela, donde tuvimos que pagar a un paisano el derecho de paso por su propiedad privada que conducía a las cataratas, que tienen dos grandes saltos. El primero, aguas arriba, tiene una poza más pequeña y grandes bloques de piedra que hacen más difícil el baño.
Un estrecho sendero con fuerte pendiente comunica los dos grandes saltos.
La segunda cascada, aguas abajo, es de menos altura, pero tiene una poza accsible donde es posible bañarse, nadar y tomar una ducha bajo sus caños.
En esta segunda poza echamos el resto del tiempo disponible y nos tomamos los bocadillos que llevábamos en nuestras mochilas. Éramos los únicos visitantes a las cataratas a esas horas, así que disfutamos del baño en su poza en total tranquilidad
El tiempo voló y llegó la hora de retornar al punto de encuentro con nuestro coche de vuelta a Quepos. El conductor tuvo tiempo de ver el partido de fútbol, que ganó Costa Rica y nosotros también nos echamos a la calle para celebrarlo con toda una multitud enfervorecida.
Terminamos con esto nuestra estancia en Quepos, que resultó muy agradable y, al día siguiente, pusimos rumbo hacia Bahía Drake, para recorrer el Parque Nacional Corcovado.
desde Quepos a Bahía Drake
El trayecto lo hicimos en un transfer por carretera desde Quepos hasta Sierpe y allí tomaríamos un barco hasta Bahía Drake.
En el camino hicimos un alto en Palmar Sur, para ver el Parque las Esferas, donde se encuentran algunas de estas grandes bolas de piedra pertenecientes a la cultura precolombina del Diquís.
En el parque también se exhibe una locomotora de los años 30 del siglo pasado, perteneciente a la Compañía Bananera, que simboliza el desarrollo del cultivo de la banana en esta región.
A pocos kilómetros de Palmar Sur está Sierpe, desde donde parten los taxi acuáticos que llevan hasta Bahía Drake en una travesía de una hora y media de navegación.
La primera parte de la travesía transcurre por los meandros del río Sierpe, atravesando manglares, con sus orillas repletas de cocodrilos y caimanes.
La parte final de la navegación se hace en mar abierto, hasta llega a playa Gitana, donde se desembarca.
por los alrededores de Bahía Drake
Nuestro alojamiento en Drake, también llamado Agujitas, eran unas cabinas sin lujos pero funcionales, en las que hacíamos todas las comidas y con las que contratamos las excursiones.
Desde el alojamiento se podía hacer un sendero entre la selva, por el que fuimos hasta la playa Cocalito, para aprovechar la tarde del día de nuestra llegada que no teníamos concertada actividad alguna. Al inicio, se atraviesa el río Agujitas por un puente colgante.
El paseo es una buena oportunidad para el avistamiento de aves, como este ejemplar macho de Tangara terciopelo, de color rojo y negro y con el pico azul.
El sendero alterna tramos de bosque lluvioso exhuberante con la vista de calas de arena oscura y rocas volcánicas negras, hasta llegar a la playa más grande, Cocalito.
Como caía la tarde y amenazaba un fuerte aguacero, desde Playa Cocalito iniciamos el retorno, con el tiempo de librarnos de un auténtico diluvio, que contemplamos desde nuestra cabina.
Al día siguiente fuimos a la isla del Caño, que es una reserva biológica donde se pueden avistar ballenas, delfines, tiburones, tortugas y gran cantidad de peces. Como no era temporada, sólo vimos tortugas en un fondo que era, sobre todo, de posidonias y muy poco coral. No teníamos cámara sumergible, así que no pudimos tomar fotos ni videos.
Desde allí, marchamos a la solitaria playa San Josecito, donde comimos algo en unos merenderos y fuimos perseguidos por los abundantes monos capuchinos de cara blanca, que no resultaron nada tímidos.
Al regreso a las cabañas, hicimos una excursión nocturna para ver la pequeña fauna de insectos, reptiles y anfibios que habita en la selva tropical. Para ello, nos equipamos de botas de agua y una linterna y nos internamos por los cañaverales y acequias del entorno de Drake. Las ranas fueron, sin duda, las que más llamaron nuestra atención. Llamativas pero muchas de ellas venenosas. Para fortuna de algunos, no llegamos a toparnos con ninguna serpiente, lo cual parece ser poco frecuente.
el Parque Nacional Corcovado
La última de nuestras excursiones desde Drake fue de un día al recóndito Parque Nacional Corcovado. Muy temprano, partimos en bote hasta Playa Sirena, donde desembarcamos después de una travesía de más de una hora y recorrimos el sendero que va junto al litoral y conduce al Centro Operativo La Leona.
El Parque Corcovado se encuentra en un entorno de selva tropical lluviosa, en la que hay una fauna diversa, cuyo avistamiento es uno de sus principales atractivos.
Escondido entre el follaje el guía nos mostró un tapir, que estaba reposando y no se inmutó a pesar de nuestra cercania.
El sendero transcurre a tramos por el interior de la selva y, en otros, vuelve a la costa, pasando por playas vírgenes de arena negra y palmerales en su orilla.
Uno de los lugares más agrestes del recorrido es la desembocadura del río Sirena, que era necesario vadear. El guía nos dijo que, con la marea alta, resultaba peligroso, pues los tiburones toro se adentraban por ella.
Pasado el río, se inicia un sendero circular que conduce hasta la Estación Bilógica Sirena, un lugar habilitado para acampada.
En este recorrido, el guía nos mostró bastantes aves con su catalejo, monos aulladores y también, en la lejanía, un oso hormiguero que estaba subido en un árbol.
Entre los depredadores que se pueden avistar en el parque están el jaguar y el puma, que nosotros no tuvimos la fortuna de ver.
Con la visita al parque, dimos por terminadas las actividades en la Península de Osa. Al día siguiente, nos dirijimos al pequeño aeropuerto de Bahía Drake, donde íbamos a tomar un vuelo con destino a San José y, a partir de aquí, empezará la segunda entrada del blog dedicada a los parques nacionales de Costa Rica.
